Qué Fácil y Qué Difícil

Dios aborrece la hipocresía y las malas costumbres, Él no puede ser burlado pues conoce el corazón del ser humano. Hay cosas que para un ser humano es difícil, pero para Dios nada es imposible. Qué difícil es perdonar, pero qué fácil es olvidar un favor.
Qué fácil es ser desleal y qué difícil es ser leal a una persona. Cuando meditamos en la Palabra de Dios, nos vamos a encontrar con hombres y mujeres leales que guardaron fidelidad a Dios. David tuvo un corazón conforme al Corazón de Dios, él también sufrió la deslealtad de un amigo cuando dijo: “Incluso mi amigo, de quien yo confiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme” (Salmos 41:9). Reunidos murmuran contra mí todos los que me aborrecen; contra mí piensan mal” (Salmos 41:7). Ten mucho cuidado al expresar palabras negativas acerca de un hijo de Dios o de una hija de Dios.

Es fácil reprochar, señalar, criticar y hablar mal de los demás, pero qué difícil es llamar a la persona y decirle: “Estaba equivocado, perdóname”, “Estoy contigo”, ¿Necesita ayuda?  “Vamos a orar”. Qué fácil es hacer pedazos la reputación de alguien con unas cuantas palabras negativas y qué difícil es aceptar que fallaste y ofrecer disculpas de lo que dijiste. El verdadero hijo de Dios se humilla y ofrece disculpa, pero el malvado, el que no conoce a Dios, nunca acepta que falló, ni mucho menos pide perdón.

Qué fácil es hablar mal de alguien sin conocer que esa persona pasó por situaciones amargas y debido a su pasado, pero qué difícil es escuchar a esa persona y ofrecerle su amor y compasión. Hablemos palabras constructivas, pero no murmuremos, no critiquemos, porque el espíritu de murmuración proviene de satanás y no de Dios. Qué fácil es coger el celular y murmurar a una persona, pero qué difícil es hablar de los logros y cualidades que esa persona tiene. El enemigo nunca hablará nada bueno de ti, su intención siempre será degradar y murmurar.

Qué fácil es enojarse y que difícil es disculparse. Qué fácil es odiar y qué difícil es amar. Dios es amor y un corazón que no tiene amor no tiene al Espíritu Santo en su corazón. Muchos se disfrazan como ángeles de luz, pero por dentro solo son lobos rapaces esperando que el hermano caiga y luego rematarlo con sus bocas. Los verdaderos hijos de Dios han muerto a la carne, se han sometido y creído en la esperanza de Dios y Dios les ha cambiado el corazón. “Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5).

El amor de Dios es un amor ágape, el amor incondicional que se entrega sin pedir nada a cambio. El amor de Dios en nosotros es sufrido, es benigno; no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Corintios 13:4-7).

Escrito Originalmente para www.ministeriosdesanidad.org

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